Amarse a uno mismo

Querernos nos hace bien, nos hace felices. Y es el mejor regalo que podemos ofrecer a los demás...!!!

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Hace varios días varias semanas que estoy postergando el sentarme a escribir un nuevo artículo. Cualquier tarea pendiente me parece más importante que comenzar a escribir, y así va pasando el tiempo. Y cuando finalmente termino con las excusas y trato de empezar, nada se me ocurre. Las pocas ideas que tengo me parecen poco interesantes o demasiado obvias o inadecuadas por cualquier otra razón.

Aunque no siempre encuentro rápidamente la salida durante estos episodios en los que a veces quedo atrapado, por lo menos me conozco lo suficiente como para saber bastante bien cuál es su causa: es que soy un auténtico perfeccionista.

Gif animado de un dedo acusador

Al hablar de perfeccionistas no me refiero a las personas que simplemente hacen su mejor esfuerzo y tratan siempre de hacer un buen trabajo, sino a quienes desarrollaron esta estrategia para protegerse de la autocrítica ante el más mínimo error cometido. Y como al perfeccionista prácticamente nunca le resulta posible escapar de la propia crítica (porque cualquiera sea el resultado de su trabajo siempre habrá “algo” que podría haberse hecho un poco mejor), con frecuencia cualquier tarea es postergada, a veces indefinidamente.

Foto de un bebé, comiendo y disfrutando
Los niños no son precisamente perfeccionistas obsesivos…

En lugar de referirme aquí a lo mucho que hay escrito acerca de este tema (muchos “tips”, consejos y estrategias para “corregir este grave defecto”… que a veces parecen las propuestas de perfeccionistas incorregibles!), prefiero llamar la atención sobre un aspecto de este problema que me parece central: la necesidad de aceptarnos con nuestras limitaciones, de amarnos incondicionalmente, de desarrollar un saludable nivel de autoestima.

Para los que a veces nos quedamos atrapados en estos episodios de perfeccionismo:

Si conseguimos completar una tarea de manera impecable, muy bien! Pero si aprendemos a perdonarnos por postergarla o por cometer algunos errores, todavía mejor… porque es esta saludable actitud la que nos va a liberar definitivamente del problema del perfeccionismo y nos permitirá ser mucho más productivos y desarrollar completamente nuestro potencial.

Y como el desafío es aceptarnos, perdonarnos y aumentar nuestra autoestima, como ejercicio te dejo (un poco en broma, un poco en serio!) estos dos juegos (Pacman y Frogger) con los que una generación entera “perdió el tiempo” y dejó para más tarde “tareas impostergables”. A jugar sin culpas ni remordimientos…

Axel Piskulic

Clic en “Start Game”, subir el volumen de los parlantes y usar las flechitas del teclado para jugar:

Clic en “Play Game”, subir el volumen de los parlantes y usar las flechitas del teclado para jugar:

A lo largo de este mes sin publicaciones me dediqué a implementar el sitio web de Elisa Molina, desde el que difunde sus actividades como voluntaria del Cuerpo de Paz.

En realidad este no es un video. Pero tampoco es una simple animación: es una versión del Pacman muy parecida a la original (que ya cumplió 32 años!), y se puede jugar con solo hacer clic en “START GAME” y subir un poco el volumen de los parlantes. Las flechitas de tu teclado te permiten dirigir a “Pacman”.


Les dediqué muchas, muchas horas de mi vida a los videojuegos, desde su mismísima prehistoria, desde mucho antes de la aparición de la PC.

Y jugando y viendo a otros jugar, he podido observar inesperadas equivalencias entre estos juegos y ciertos conocimientos de tipo… “espiritual”, que normalmente nos llegan mucho más tarde en nuestras vidas. Por ejemplo…

- Si se juega con temor, con inseguridad, se pierde. Del mismo modo, el temor normalmente también conduce al fracaso en la vida real.

- Los videojuegos nos van enfrentando con desafíos de complejidad creciente. Al ingresar en un nuevo nivel del juego, como al enfrentarnos con un nuevo desafío en la vida real, lógicamente intentamos aplicar las estrategias o los conocimientos aprendidos en etapas anteriores. Pero insistimos con estas herramientas, casi siempre inútiles en la nueva situación, mucho más tiempo del razonable. Es que tendemos a postergar todo lo posible el reconocimiento de que tenemos que probar o aprender algo nuevo, de que tenemos que crecer…

Imágen del videojuego Tetris, un verdadero clásico

- Al principio, estos nuevos desafíos a los que nos enfrenta el juego nos parecen dificilísimos de resolver. Y nos decimos totalmente convencidos: “Esta parte del juego siempre será un obstáculo insuperable para mí, no importa cuánto tiempo le dedique a intentarlo”. Poco después estamos preocupados por nuevos obstáculos “dificilísimos” de superar, mientras que los problemas anteriores nos parecen simples, elementales.

- A veces no entendemos el juego, sentimos que no tiene sentido, queremos dejar de jugarlo. Necesitamos algún tipo de “instrucciones”. Pero no hay instrucciones. O tal vez sólo las más elementales, algo así como “Los diez mandamientos”. Precisamente el juego consiste en descubrir por nosotros mismos como funcionan las cosas tanto en ese mundo virtual como en el mundo real.

- En los videojuegos, muchas veces la actividad la desarrolla un muñequito que nos representa, con quien lógicamente nos sentimos identificados. Si el muñequito llega a la meta, decimos “gané”, si no lo logra decimos “perdí”. Del mismo modo, en la vida real estamos identificados con nuestro cuerpo y con nuestro ego, y casi en todo momento olvidamos que realmente somos mucho más que eso, que nuestra verdadera naturaleza es espiritual.

- En los nuevos “juegos en red”, varios niños juegan a la vez en un único “espacio virtual” al que cada uno accede desde su PC. Muchos de estos juegos son visualmente muy realistas y extremadamente violentos, y consisten simplemente en formar dos bandos y dispararse con armas muy sofisticadas hasta “terminar con el enemigo”. Esta no es precisamente una actividad recomendable. Pero siguiendo con la analogía, obviamente no es la vida de los niños la que corre peligro sino sólo la de los personajes que los representan. Ellos —los niños— están muy cómodos y seguros, sentados cada uno frente al monitor de su PC. En nuestro violento “mundo real”, tal vez pase algo similar: aún cuando a veces los egos de las personas se enfrenten y hasta sus cuerpos puedan pelear entre sí hasta eliminarse, en cada uno de nosotros hay algo esencial, invulnerable, eterno, que no puede ser dañado.

Dibujo de Mario, el protagonista del videojuego Super Mario Bros.

- Y aunque vivamos identificados con el ego, a veces nos llega cierta información que dice, por ejemplo: “Hay que aquietar la mente, hay que suspender toda actividad del ego para que comencemos a actuar desde nuestro verdadero Ser”. E ingenuamente, tal vez practicando alguna forma de meditación, podemos llegar a convencernos de que por fin nos hemos liberado del ego. Pero quizás sólo hayamos conseguido dejar de mover el “joystick” por unos momentos, dejando completamente inmóvil nuestro “muñequito”… y todavía sigamos en el “espacio virtual” de nuestro ego. No nos hemos levantado realmente de “nuestro asiento frente a la PC”, no conseguimos aún tomar consciencia de que aquí mismo, en este preciso momento, mientras jugamos y aprendemos todo lo que hemos venido a aprender, nos está esperando otra realidad, infinitamente más compleja e interesante que esta, y a la que verdaderamente pertenecemos, a la que siempre hemos pertenecido…

Axel Piskulic

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