En las reuniones de “Un Curso de Milagros” a las que he asistido por años, muchas veces me tenían que recordar que es necesario recurrir permanentemente a un Poder Superior, que está siempre a nuestro alcance y a nuestra disposición. En el lenguaje de Un Curso de Milagros ese Poder es el Espíritu Santo, que está en cada uno de nosotros. Lógicamente podemos llamarlo de otra manera, de acuerdo a nuestras propias creencias.
Poner en Sus manos los conflictos que no sabemos resolver, las emociones negativas de las que no podemos liberarnos, o cualquier otro problema que nos aflija y para el cual no encontramos solución, muchas veces es lo único que se requiere de nosotros para poder superarlos.
Para que se resuelvan, sólo es necesaria esa señal de buena voluntad de nuestra parte: la sincera decisión de “entregarlos”. Y es así de simple precisamente porque la existencia de esos problemas o conflictos no es real, sino que depende de nuestra percepción, es decir, de nuestra propia interpretación de la realidad.

Más que de los conflictos en sí, nos vamos desprendiendo de los viejos pensamientos y creencias con los que los construimos…
Axel Piskulic
La ilustración es de Nicoletta Ceccoli
El siguiente texto fue escrito por Facundo Cabral:
No estás deprimido, estás distraído, distraído de la vida que te puebla. Distraído de la vida que te rodea: delfines, bosques, mares, montañas, ríos. No caigas en lo que cayó tu hermano, que sufre por un ser humano cuando en el mundo hay 5,600 millones.

Además no es tan malo vivir solo. Yo la paso bien, decidiendo a cada instante lo que quiero hacer, y gracias a la soledad me conozco, algo fundamental para vivir.
No caigas en lo que cayó tu padre, que se siente viejo porque tiene 70 años, olvidando que Moisés dirigía el éxodo a los 80 y Rubinstein interpretaba como nadie Chopin a los 90. Sólo por citar dos casos conocidos.
No estás deprimido, estás distraído, por eso crees que perdiste algo, lo que es imposible, porque todo te fue dado. No hiciste ni un solo pelo de tu cabeza por lo tanto no puedes ser dueño de nada. Además, la vida no te quita cosas, te libera de cosas. Te aliviana para que vueles más alto, para que alcances la plenitud. De la cuna a la tumba es una escuela, por eso lo que llamas problemas son lecciones.
No perdiste a nadie, el que murió simplemente, se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón. ¿Quién podría decir que Jesús está muerto? No hay muerte: hay mudanza. Y del otro lado te espera gente maravillosa: Gandhi, Michelangelo, Whitman, San Agustín, la Madre Teresa, tu abuela y mi madre, que creía que la pobreza está más cerca del amor, porque el dinero nos distrae con demasiadas cosas, y nos aleja por que nos hace desconfiados.
Haz sólo lo que amas y serás feliz, y el que hace lo que ama, está benditamente condenado al éxito, que llegará cuando deba llegar, porque lo que debe ser será, y llegará naturalmente. No hagas nada por obligación ni por compromiso, sino por amor. Entonces habrá plenitud, y en esa plenitud todo es posible. Y sin esfuerzo porque te mueve la fuerza natural de la vida, la que me levantó cuando se cayó el avión con mi mujer y mi hija; la que me mantuvo vivo cuando los médicos me diagnosticaban 3 ó 4 meses de vida.
Dios te puso un ser humano a cargo, y eres tú mismo. A ti debes hacerte libre y feliz, después podrás compartir la vida verdadera con los demás.
Recuerda a Jesús: “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Reconcíliate contigo, ponte frente al espejo y piensa que esa criatura que estás viendo es obra de Dios; y decide ahora mismo ser feliz porque la felicidad es una adquisición.
Además, la felicidad no es un derecho sino un deber, porque si no eres feliz, estás amargando a todos los que te aman. Un solo hombre que no tuvo ni talento ni valor para vivir, mandó a matar seis millones de hermanos judíos.
Hay tantas cosas para gozar y nuestro paso por la tierra es tan corto, que sufrir es una pérdida de tiempo. Tenemos para gozar la nieve del invierno y las flores de la primavera, el chocolate de la Perugia, la baguette francesa, los tacos mexicanos, el vino chileno, los mares y los ríos, el fútbol de los brasileños, Las Mil y Una Noches, la Divina Comedia, el Quijote, el Pedro Páramo, los boleros de Manzanero y las poesías de Whitman, Mahler, Mozart, Chopin, Bethoven, Caravaggio, Rembrant, Velásquez, Picasso y Tamayo entre tantas maravillas.
Y si tienes cáncer o sida, pueden pasar dos cosas y las dos son buenas; si te gana, te libera del cuerpo que es tan molesto: tengo hambre, tengo frío, tengo sueño, tengo ganas, tengo razón, tengo dudas… Y si le ganas, serás humilde, más agradecido, por lo tanto fácilmente feliz. Libre del tremendo peso de la culpa, la responsabilidad, y la vanidad, dispuesto a vivir cada instante profundamente, como debe ser.

No estás deprimido, estás desocupado. Ayuda al niño que te necesita, ese niño será socio de tu hijo. Ayuda a los viejos, y los jóvenes te ayudarán cuando lo seas. Además, el servicio es una felicidad segura, como gozar de la naturaleza y cuidarla para el que vendrá. Da sin medida y te darán sin medida.
Ama hasta convertirte en lo amado, más aún hasta convertirte en el mismísimo amor. Y que no te confundan unos pocos homicidas y suicidas, el bien es mayoría pero no se nota porque es silencioso, una bomba hace más ruido que una caricia, pero por cada bomba hay millones de caricias que alimentan la vida.
Para escucharlo en la voz de Facundo Cabral:
(Clic en el botón “play” del reproductor)

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El precepto cristiano que nos dice que frente a una ofensa debemos “poner la otra mejilla”, propuesto por Jesús en El Sermón de la Montaña, parece contradecir el sentido común.

Cuando yo era chico (¡hace unos cuantos años!) había una serie de televisión de mucho éxito: Kung Fu. Su protagonista, el inolvidable Kwai Chang Caine, se pasaba los primeros 55 minutos de cada capítulo “poniendo la otra mejilla”, siempre en situaciones en las que era discriminado, maltratado o perseguido. Sin embargo, la mejor parte era el final: esos últimos 5 minutos en los que las circunstancias se volvían tan dramáticas que ya no tenía más opciones que utilizar, ¡por fin!, su completo dominio del Kung Fu, y entonces era realmente implacable…
Si bien cada capítulo de la serie despertaba nuestra sincera admiración ante la indiscutible sabiduría y el ilimitado autocontrol de este monje oriental, finalmente calmaba también nuestra “necesidad de justicia” sin lo cual, honestamente, no habría tenido éxito.
Pareciera que responder a una agresión “poniendo la otra mejilla” es algo así como un ideal muy difícil de alcanzar, que sería lo correcto pero también que, en la práctica, sólo puede aplicarse excepcionalmente.
Bien, te propongo la siguiente idea como punto de partida para una nueva interpretación de este precepto.
Todos hemos observado a los niños cuando quedan atrapados en un conflicto, por ejemplo cuando se pelean por un juguete. No tienen aún la madurez necesaria para superar fácilmente ese tipo de situaciones.
De poco les sirve en esas circunstancias que se les explique de una manera muy razonable que compartir sus juguetes no significa perderlos, que quienes son generosos suelen a su vez ser tratados con generosidad o que en ese mismo momento tienen a su disposición otros juguetes tan interesantes como el del conflicto. Más aún: el adulto sabe todavía algo más, algo que no puede transmitirle al niño, algo que el niño sólo comprenderá, a su vez, cuando sea mayor: que los juguetes realmente no son tan importantes…
Si por un momento se le concediera a uno de estos niños la madurez que todavía no alcanzó, no sólo le cedería el juguete a su compañero sino que estaría dispuesto a entregarle también otros juguetes sin experimentar esto como una pérdida, es decir, no tendría ningún inconveniente en “poner la otra mejilla”.

Seguramente nosotros, salvando las distancias, somos como estos niños, y todavía no podemos observar los conflictos en los que nos vemos envueltos desde una perspectiva desde la cual se aprecie que lo que tanto nos preocupa no es realmente importante.
Y esta idea puede extenderse aún a las situaciones que nos resultan más dolorosas y dramáticas. Porque nuestra verdadera naturaleza es espiritual, porque somos inmortales, perfectas creaciones de un Universo amoroso, porque estamos aquí simplemente para aprender y no tenemos nada que temer…
Axel Piskulic