19 de octubre

En el libro Un Curso de Milagros encontramos muchas veces, repetida de diferentes maneras, la idea de que en realidad “nunca estamos enojados por la razón que creemos”.
Sin embargo, cada vez que nos enojamos “sabemos” con absoluta claridad con quién estamos enojados y exactamente por qué motivo.
Esta aparente confusión se aclara cuando comprendemos el mecanismo de la proyección:
Lo que nos enoja de cierta actitud de alguien o lo que nos molesta de una determinada situación que nos toca enfrentar, es que nos muestran, tal como si fueran un espejo, un rasgo o un conflicto que en realidad son nuestros, que forman parte de nuestro mundo interior.
La situación o la persona que nos enojan, recrean frente a nosotros una característica propia, de nuestra personalidad. Pero no una característica cualquiera, sino una con la que no estamos conformes, que nos resulta especialmente desagradable y a la que combatimos en nosotros mismos.
Pero aún si sabemos de antemano cómo funciona el mecanismo de la proyección, cuando realmente nos enojamos, cuando nos sentimos profundamente afectados por una persona o por una situación, nos resulta muy difícil aceptar esta explicación y tendemos a “olvidarla”. Inclusive si en esos momentos alguien nos la recuerda, tal vez nos sintamos inclinados a creer que no se aplica a esa situación en particular, que estamos frente a algo así como una excepción.

La interpretación de cuál es la verdadera causa del dolor que experimentamos durante un conflicto, es una tarea exclusivamente personal. A veces otras personas (un terapeuta, por ejemplo) pueden ayudarnos con una interpretación acertada, pero esa ayuda nos será de utilidad sólo si nos conduce a una comprensión personal acerca de la verdadera causa de nuestro malestar. Con esta salvedad y sólo como una guía muy general para tratar de interpretar correctamente qué rasgo nuestro nos está mostrando una determinada situación externa, te propongo una sencilla clasificación. Se trata de tres formas muy frecuentes que adopta el mecanismo de la proyección para “ocultarnos” alguna característica nuestra que aún no hemos podido aceptar:
1) Con frecuencia encontramos especialmente desagradables algunos rasgos de la personalidad de otras personas que también podemos observar en nosotros. Por ejemplo, si somos impuntuales y esa es una característica nuestra que nos disgusta o nos avergüenza, tal vez también nos moleste mucho ver ese “defecto” en los demás.
2) A veces las características de otras personas que nos disgustan exageradamente no son rasgos de nuestra personalidad. De hecho, nunca y bajo ninguna circunstancia nos permitiríamos actuar de esa manera “tan desagradable”. Bien, probablemente sí se trate de una característica nuestra, pero de una que hemos reprimido, tal vez como estrategia defensiva durante el proceso de educación, si nos resultó muy estricto. Por ejemplo, los padres de hoy que se enojan por lo desordenados que son sus hijos adolescentes, educados en un entorno más tolerante. Sin lugar a dudas hay rasgos de la personalidad que efectivamente son valiosos y que ciertamente es conveniente tener. Así, es preferible que seamos ordenados, responsables, honestos o generosos, antes que desordenados, irresponsables, deshonestos o egoístas. Pero sólo si hemos podido desarrollar una determinada cualidad, a lo largo de un proceso de maduración o crecimiento, podemos realmente considerarla nuestra y ser indiferentes a lo que hagan los demás. No si la adoptamos por temor.
3) Por último, solemos ser especialmente susceptibles a ciertas formas de trato desconsiderado o de maltrato. En estos casos es muy probable que estemos siendo tratados exactamente de la misma manera en que nos tratamos habitualmente a nosotros mismos. Y lo que el enojo que sentimos hacia el otro pretende ocultar es el profundo malestar que nos causa la falta de una relación sana y amorosa con nosotros mismos.

Finalmente, para terminar este artículo con una visión positiva y optimista (y para hacernos justicia…!!!), también es cierto que lo que vemos de bueno y de agradable en “el exterior”, es decir, en las situaciones que nos toca vivir y en nuestras relaciones con los demás, lo bueno y lo agradable que vemos cada día, eso también es un fiel reflejo de nuestro mundo interior. Y en la medida en que vayamos conociéndonos, aceptándonos y queriéndonos más y más profundamente, así también irá mejorando nuestra interpretación de la realidad.
Axel Piskulic
18 de octubre
Puede decirse de David Hoffmeister que es un Maestro o que alcanzó la iluminación, pero tal vez sea más efectivo presentarlo simplemente como alguien a quien hace bien escuchar.
El primer contacto que tuve con la figura de David fue a través de una sencilla anécdota. La persona que la relató explicó primero que durante muchos años había elegido para sus vacaciones alguna ciudad de la costa, siempre en las últimas semanas del verano, porque le gustaba mucho la playa especialmente cuando no había tanta gente.
Pero le resultaba muy triste ver la gran cantidad de perros abandonados que recorrían las playas en esa época del año porque sabía que eran las mascotas que ciertos padres desaprensivos habían comprado para sus hijos al comienzo del verano y que ahora dejaban abandonadas simplemente porque les resultaba incómodo llevarlas a casa y cuidar de ellas el resto del año.

En una de sus visitas a la Argentina, David pasó unos días en la playa, en una de esas ciudades de la costa, precisamente a finales del verano. Pero al volver a Buenos Aires destacó que lo más maravilloso de todo el viaje fue su inolvidable encuentro con los perros en la playa. Sabía que habían sido abandonados pero para él, además, estaban llenos de alegría, completamente libres, jugando, disfrutando y respondiendo con amor a cualquier gesto cariñoso.
El relato de esta anécdota terminó con la siguiente reflexión: No vemos el mundo tal como es, sino tal como somos. Ahí donde sólo veíamos criaturas abandonadas, David, más consciente que nosotros de nuestra verdadera naturaleza, podía ver mucho más…
Axel Piskulic
Enlace al sitio web de David Hoffmeister